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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Dime cuanto duermes y te diré como eres


Hace algunos años un adolescente americano llamado Randy Gardner, decidio hacerse un hueco en el libro Guinness de los records intentando pasar el mayor tiempo posible sin dormir. ¡Su intención era aguantar 264 horas sin dormir y lo consiguió! Fue un experimento cuidadosamente controlado y supervisado por medicos de las fuerzas navales americanas, y sorprendentemente sobrevivió bastante bien. Sus principales sintomas fueron: problemas del habla, incapacidad para concentrarse, vacíos de memoria y alucinaciones. Al final el estudio tuvo un efecto rebote durmiendo por casi 15 horas la primera noche y luego períodos cortos extra las noches siguientes. Este experimento que no recomendamos repetir, dejó bien claro los efectos sobre el cerebro de la falta de sueño y en otros tantos estudios podemos descubrir sus efectos sobre todo nuestro cuerpo.

Cada noche nos vamos a nuestra habitación nos metemos en nuestra cama y caemos en el estado inconsciente del sueño. Y si la mayoría de nosotros dormimos alrededor de 8 horas por día significa que un tercio de nuestra vida la pasamos en este estado inconsciente del sueño. Si intentámos suprimir este tiempo precioso de descanso y utilizarlo para otras actividades nuestro cuerpo y especialmente nuestro cerebro pronto sufrirán las consecuencias, esto es lo que analizaremos en estos artículos que hablan sobre la importancia de este tiempo valioso en donde no solo descansamos sino que se llevan a cabo numerosas funciones de nuestro organismo.

Prevalencia de los trastornos del sueño
en adolescentes de Cuenca, España
M.A. García-Jiménez a, F. Salcedo-Aguilar b, F.M. Rodríguez-Almonacid b,
M.P. Redondo-Martínez b, M.L. Monterde-Aznar b, A.I. Marcos-Navarro b,
M.P. Torrijos-Martínez b
INTRODUCCIÓN
Diversos estudios han demostrado la alta prevalencia en la población adolescente de los trastornos del sueño (TS), especialmente de aquellos que afectan al ritmo vigilia-sueño.
Como causa de estos trastornos se invocan factores psicológicos (estrés, trastornos afectivos), cambios hormonales, cambios puberales y unos inadecuados hábitos de sueño.
En la adolescencia, la necesidad de sueño no disminuye, e incluso aumenta al llegar a la pubertad, pero ocurren cambios en el patrón de sueño: los adolescentes tienden a retrasar la hora de acostarse y levantarse con relación a la etapa preadolescente. Este retraso del ritmo circadiano es más importante durante el fin de semana, ya que el período de sueño durante la semana está determinado por el horario escolar; así, mientras que los preadolescentes permanecen un tiempo en cama similar durante toda la semana, los adolescentes lo aumentan en el fin de semana para recuperarse de un tiempo de sueño insuficiente (‘deuda de sueño’) durante el resto de la semana.
A partir de los 12 años, el tiempo de sueño es menor en los días de clase, porque el horario de entrada al centro escolar se adelanta. Cuando el adolescente comienza a salir por las noches, la capacidad de recuperación en el fin de semana desaparece y refieren con frecuencia problemas relacionados con el sueño y una excesiva somnolencia por reducción crónica del sueño nocturno. Así, hasta un 60% de los adolescentes de 14 y 15 años se sienten cansados por falta de sueño y/o dificultad para dormir. Una buena higiene del sueño, que incluya horarios regulares, ayuda a prevenir el desarrollo de TS, ya que los adultos con insomnio refieren que sus problemas se iniciaron en la adolescencia.
La reducción del tiempo o la calidad de sueño por malos hábitos o por TS conduce con frecuencia a un cansancio o excesiva somnolencia durante el día y repercute, sin duda, en la calidad de vida; induce un bajo rendimiento y aprovechamiento general de los adolescentes y un mayor riesgo de accidentes.
A pesar de lo anterior, son pocos los estudios epidemiológicos en España que hayan estudiado la magnitud de este problema de salud. Por ello, nos pareció interesante abordar este estudio en la población adolescente de nuestra ciudad, con los siguientes objetivos:
– Conocer la prevalencia de los TS en la población adolescente de la ciudad de Cuenca.
– Describir los hábitos de sueño de los adolescentes y su relación con los TS, así como otros factores asociados (consumo de sustancias tóxicas y factores psicológicos).
– Conocer la relación entre los TS y el cansancio o la excesiva somnolencia durante el día.
En este estudio se incluyeron adolescentes desde 1º a 4º año de secundaria, de procedencia urbana la mayoría. Se les realizó un cuestionario donde se incoraron preguntas sobre hábitos de sueño, consumo de tabaco, alcohol o drogas, depresión.
Aunque la mayoría de adolescentes declara dormir ocho horas o más entre semana, más de una cuarta parte (31,3%) manifiesta dormir sólo de seis a siete horas. El tiempo de sueño aumenta en algo más de una hora durante el fin de semana; este aumento es mayor entre las chicas. Durante los días de clase se acuestan de media sobre las 23 h y los fines de semana retrasan la hora de acostarse hasta la 1 de la madrugada, porque suelen salir por la noche (15,6% siempre y 48,8% a veces). La hora promedio de levantarse entre semana es a las 7 h 59 min, y los fines de semana a las 11 h 42 min; el 45,4% de nuestra población refiere dormir mal la noche del domingo al lunes.

Prevalencia de problemas y trastornos relacionados con el sueño

Parasomnias
Como se puede apreciar en la tabla II, la somñolencia es la parasomnia más frecuente; a mayor distancia le siguen las pesadillas y el sonambulismo. Entre las chicas es más frecuente la somniloquia y las pesadillas.
Síntomas y trastornos respiratorios en sueño. Es frecuente el ronquido en nuestra población; son más roncadores los chicos. Sólo refiere pausas respiratorias o apneas en sueño un 1,9% de los encuestados.
Síntomas de insomnio
Una alta proporción de adolescentes refiere dormir mal, lo que consideramos una mala calidad subjetiva del sueño y durante un tiempo de 13,4 meses de media. Cuando se les pregunta por las causas, la mayoría lo relaciona con vivencias y situaciones conflictivas (54,3%). La queja de sueño es algo menos frecuente y se da en mayor proporción entre las chicas
En nuestra población, el síntoma de insomnio más frecuente es el despertar nocturno o sueño fragmentado; el número de despertares referidos oscila entre uno y cuatro por noche; la mayoría se despierta sólo una vez (71,5%) y casi la cuarta parte (23,5%) desconoce el motivo. Es más frecuente entre las chicas. Le sigue, en orden de frecuencia, la dificultad para iniciar el sueño y el despertar precoz, sin diferencias entre sexos; cuando presentan despertar precoz, despiertan 16 minutos como media antes de lo deseado.
Durante el día, la mayoría de los adolescentes se queja de excesiva somnolencia, con un predominio femenino, sobre todo después de comer (48,4%) y durante el horario escolar (43%); la hipersomnolencia grave es infrecuente (0,9%).

Prevalencia de insomnio
El 17,7% de nuestra población manifiesta queja de sueño y algún síntoma de insomnio asociado.
No se observan diferencias significativas en la prevalencia del insomnio entre chicos y chicas, aunque es más frecuente en estas últimas, y sí en relación con la edad, ya que los adolescentes que cumplen los criterios de insomnio son más mayores. Asimismo, el insomnio es más frecuente entre los adolescentes con alguna enfermedad y con antecedentes familiares de problemas relacionados con el sueño:

– Insomnio y hábitos de vida. El consumo de alcohol y tabaco se relaciona con una mayor prevalencia de insomnio en nuestra población. A pesar de que el insomnio es mas frecuente entre los adolescentes que consumen bebidas excitantes (café, té y colas) por la tarde, los que utilizan juegos de ordenador y el grupo de los que no practican deporte, las diferencias encontradas no son estadísticamente significativas.

– Insomnio, parasomnias y otros trastornos del sueño. El insomnio en nuestra población guarda relación con la presencia de algunos tipos de parasomnias: somniloquia, pesadillas y sonambulismo. En el resto de las parasomnias referidas por los adolescentes, el insomnio también es más frecuente, pero sin diferencias significativas, probablemente en relación con el bajo número de adolescentes con este tipo de parasomnias. Los adolescentes con episodios de apnea referidos durante el sueño también muestran una mayor prevalencia de insomnio, lo que no ocurre con los roncadores.

– Insomnio, hábitos de sueño y síntomas diurnos. Encontramos en nuestro estudio que los adolescentes insomnes duermen significativamente menos tiempo durante el fin de semana que los no insomnes (9,3 frente a 9,7 horas, p = 0,003). El grupo de población con insomnio refiere más cansancio ya al levantarse por la mañana que el grupo sin insomnio (100% frente a 36%, p < 0,001), con diferencias muy significativas. Asimismo, los adolescentes que presentan insomnio se quejan de estar más somnolientos durante el día que aquellos que no refieren problemas con el sueño (100% frente a 48,7%, p < 0,001).

– Insomnio y trastornos psicológicos.  La población de insomnes presenta más síntomas de ansiedad y depresión, con diferencias estadísticamente muy significativas.

Las implicaciones de estos hallazgos son de gran importancia y sugieren la necesidad de establecer programas educativos y de prevención (higiene adecuada de sueño, fomento de la práctica deportiva, control de estrés, adecuación de los horarios escolares, etc.) con el fin de evitar la aparición de los Trastornos del Sueño, lo que seguramente contribuirá a mejorar la salud y la calidad de vida y hará posible un mejor aprovechamiento en los adolescentes.

Recibido: 30.12.03. Recibido en versión revisada: 03.05.04. Aceptado: 11.05.04.
a Servicio de Neurofisiología Clínica. b Servicio de Atención Primaria. Hospital
Virgen de la Luz. Cuenca, España.
Correspondencia: Dra. M.ª Ángeles García Jiménez. Avda. de los Alfares,
24, 2.º A. E-16002 Cuenca. E-mail: leoan@grupobbva.net
Parte de los resultados provisionales de este trabajo se presentaron en forma
de póster en la XII Reunión de la Asociación Ibérica de Patología del
Sueño. Madrid, 23 y 24 de junio de 2003.
 2004, REVISTA DE NEUROLOGÍA

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad
Este famoso padecimiento, que suele diagnosticarse en niños mayores de 6 años y que trae desestructuración y alteraciones en la dinámica familiar tiene una estrecha relación con el sueño deficiente e insuficiente.
Los trastornos del sueño se presentan con bastante frecuencia entre los niños afectados de TDAH, y probablemente su presencia empeore su pronóstico, por lo que la evaluación del sueño debería formar parte de la rutina asistencial en la valoración clínica de estos niños.
La resistencia a acostarse, los despertares nocturnos y las parasomnias, junto con la enuresis (hacerse pis de noche) y el bruxismo (rechinar los dientes) son los más frecuentemente asociados.
  
Sueño y estrés: relación con la obesidad y el
síndrome metabólico

Antonio Vela Bueno1, Sara Olavarrieta Bernardino1, Julio Fernández Mendoza1,2
1Laboratorio de Sueño Humano y Cronobiología Aplicada. Departamento de Psiquiatría. Facultad de Medicina, Universidad Autónoma de Madrid.
2Departamento de Psicobiología. Facultad de Psicología, Universidad Complutense de Madrid.
Correspondencia: Antonio Vela Bueno. Laboratorio de Sueño Humano y Cronobioloa Aplicada. Departamento de Psiquiatría, Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid. C/ Arzobispo Morcillo, 4, 28029-Madrid. Tfno.: 914 97 54 92, fax: 914 97 53 53
El aumento de la prevalencia de la obesidad ha ido en paralelo al incremento de la prevalencia de la privación parcial de sueño en la población general. Por ello, en los últimos años se ha prestado atención a la posible relación entre ambos fenómenos. Así, numerosos estudios epidemiológicos han puesto de manifiesto que un sueño insuficiente se asocia con el riesgo de tener sobrepeso u obesidad.
El sueño tiene un papel fundamental en la regulación del equilibrio energético. Así lo demuestra
la relación existente entre diversas hormonas implicadas en la regulación metabólica y el ritmo sueño- vigilia. Estudios experimentales en humanos sanos han demostrado que la privación parcial de sueño tiene efectos endocrinos y metabólicos que podrían explicar la relación existente entre sueño y peso corporal.
La obesidad constituye un factor de riesgo para padecer el síndrome de apnea del sueño.

Sueño insuficiente y peso corporal
Más de veinte estudios epidemiológicos, publicados todos, excepto dos, desde el año 2000, han demostrado que existe una relación inversa entre duración habitual de sueño y peso corporal.
En general, los estudios muestran una relación dosis-respuesta entre duración acortada de sueño y excesivo peso corporal. Esta relación es más marcada en los niños, en los que es de tipo lineal (menos sueño igual cantidad de aumento de peso corporal).
Algunos ejemplos de estudios realizados demuestran la relación entre Indice de masa corporal y horas de sueño: más de 9 h/día (menor prevalencia de obesidad cuando se comparaba con dormir 6h/día), en algunos estudios esto se vió más reflejado en el caso de las mujeres, aumento de la ghrelina y disminución de la leptina (sustancias reguladoras del apetito) al dormir menos horas, los sujetos entre 32 y 49 años que dormían menos de 7 hs, tenían más riesgo de obesidad y mayor IMC que los que dormían más de 7 hs, dormir menos de 10 horas al día eran significativamente más frecuente en niños obesos que en los no obesos, pocas horas de sueño estaban más relacionados con obesidad y mayor porcentaje de grasa corporal y por último el sueño considerado como adecuado de entre 6-8 hs por día más de 4 veces por semana estaba relacionado con ausencia de obesidad.

Sueño y Metabolismo de la Glucosa
Algunos datos sugieren que la privación parcial crónica de sueño, moderada y voluntaria, puede dar como resultado una disminución de la sensibilidad a la insulina, mayor valores de glucemia en la mañana en aquellos que dormían menos de 8 horas por día.
La inflamación sistémica parece ser un paso pre vio al desarrollo de la resistencia a la insulina y de enfermedades cardiovasculares. Las citocinas interleucina-6 (IL-6) y factor alfa de necrosis tumoral (TNF-α) son marcadores de dicho tipo de inflamación y sus niveles están aumentados en la obesidad. Por ello, el estudio de los efectos de la privación parcial de sueño puede ser una contribución importante para relacionar el sueño insuficiente y el desarrollo de resistencia a la insulina y de obesidad. O sea todo el estado de estrés constante genera el aumento de sustancias corporales dañinas que llevan a un estado de inflamación crónica y sus resultados desalentadores sobre el desarrollo de obesidad y diabetes.

Sueño y Obesidad
Hay dos tipos de personas con obesidad de acuerdo al tiempo de sueño en las 24 horas: los que tienen un sueño nocturno acortado y fatiga durante el día y los que tienen un sueño nocturno prolongado y somnolencia durante el día. Ambos tipos parecen diferenciarse desde el punto de vista de su perfil psicológico. En un Centro de Minessotta se vió que los que tenían un sueño acortado, comparados con el otro grupo, tenían más riesgo de Hipocondriasis, Depresión e Histeria, lo que indica que tienen más distrés psicológico.

Sueño obesidad y síndrome metabólico
Definiciones básicas de ambos síndromes

El síndrome metabólico tiene como manifestaciones fundamentales la resistencia a la insulina y la obesidad, a las que se añaden la hipertensión arterial (presión alta) y la dislipidemia o sea trastornos en las grasas corporales (triglicéridos y VLDL aumentados y HDL disminuidas). Un estudio reciente demostró que más del 22% de los estadounidenses adultos presenta síndrome metabólico, sin diferencias entre sexos, con aumento con la edad y con una clara relación con el índice de masa corporal.
El síndrome de apnea del sueño se define básicamente por un índice de apnea/hipopnea (número de apneas e hipopneas por hora de sueño) de cinco o más, la apnea es una pausa repiratoria de más de 20 segundos de duración y las hipopneas pausas de menos de este período, a ello se añaden síntomas nocturnos (los principales son las pausas respiratorias y los ruidos asociados a ellas –roncar- y la perturbación del sueño) y durante el día (el principal, la excesiva somnolencia diurna).
Se vio que aquellos que sufrían de este síndrome (Apneas del sueño) el cual es favorecido por la obesidad, demostraron mayor riesgo de desarrollar resistencia a la insulina y diabetes. También al disminuir la proporción de oxígeno en sangre en cada una de estas pausas respiratorias se ponen en marcha  mecanismos que llevan al daño cardíaco (insuficiencia cardíaca), enfermedad pulmonar y renal.

Conclusiones
Privación parcial crónica de sueño, estrés, síndrome metabólico y obesidad
La privación parcial crónica de sueño ha experimentado un aumento creciente en las sociedades modernas desde la segunda mitad del siglo pasado. Por ejemplo, se considera que en los últimos 40 años la duración del sueño ha disminuido entre 1,5 y 2 horas por día en la población general de Estados Unidos. En este mismo país la proporción de adultos que duermen 6 horas o menos ha aumentado desde un 20% en 1985 hasta un 25% en 2004.
Por otra parte, en lo que se refiere a los jóvenes estadounidenses, los que decían dormir menos de 7 horas han pasado de un 15,6% en 1960 a un 37,1% en 2001-2002.
En conjunto, se considera que muchos estadounidenses duermen entre
5 y 6 horas por noche.
Las tendencias en lo concerniente al índice de masa corporal, la obesidad y el síndrome metabólico parecen seguir una evolución similar a la de la privación parcial crónica de sueño. Los estudios epidemiológicos a que nos hemos referido antes sugieren que, además del paralelismo entre las tendencias seculares de ambos fenómenos, existe una asociación entre privación parcial crónica de sueño y aumento de peso. A su vez, los estudios experimentales también descritos en este artículo demuestran que la privación parcial de sueño, incluso si es durante unos días y en personas jóvenes sanas, da lugar a cambios endocrinos y metabólicos similares a los que se asocian con la resistencia a la insulina. Un estudio reciente ha confirmado la relación existente entre un sueño inadecuado, en duración o en calidad, y la alteración de la regulación de la glucosa en personas con diabetes de tipo 2.
Es decir, que ya sea en personas sanas o en personas con diabetes, el acortamiento del tiempo de sueño se asocia con un deterioro del control de la glucemia, probablemente por un aumento de la resistencia a la insulina.

Una pregunta abierta es: ¿cuál sería la percepción subjetiva de estrés en una situación de privación parcial crónica de sueño? De hecho, el llamado síndrome de sueño insuficiente incluye síntomas sugerentes de estrés.
Estudios experimentales recientes han demostrado que, aunque individuos sanos privados crónicamente de sueño se adapten subjetivamente a la sensación de somnolencia, acumulan déficit neurocognitivos muy marcados en dicha situación.

Hasta ahora, las intervenciones clínicas (para tratar) y sanitarias (para prevenir) la obesidad se han centrado en la dieta y la actividad física, mientras que el sueño se ha ignorado. No obstante, el estilo de vida de muchas personas, elegido o forzoso, implica en la práctica darle al sueño menos importancia de la debida.
Las medidas orientadas a mejorar el sueño se conocen genéricamente como higiene del sueño. La mayoría de ellas son de sentido común, no obstante, su aplicación, con frecuencia, se ve dificultada por los hábitos sociales, por los horarios de las actividades (ya sean laborales o de ocio), por las actitudes individuales, algunas de ellas ligadas a la edad (adolescencia), y de manera decisiva por ciertas creencias acerca del sueño como pérdida de tiempo, o como, al menos en parte, algo opcional. A continuación se resumen las principales recomendaciones de higiene del sueño. Éstas se refieren fundamentalmente a: horarios y duración del sueño, ambiente en que se duerme, actividades, nutrición.
Conviene establecer un horario de sueño regular y flexible, yendo a la cama sólo cuando se tenga sueño y levantarse a la misma hora todas las mañanas, incluyendo los fines de semana. Hay que obtener una cantidad óptima de sueño; aunque las necesidades individuales varían, se sugieren las siguientes horas por noche según la edad:
·         de 18 meses a 3 años: 12-14 horas
·         de 3 a 5 años: 11-13 horas
·          de 5-12 años: 10-11 horas
·         Adolescentes: alrededor de 9 horas
·         Adultos: alrededor de 8 horas
Medidas de higiene del sueño
Mantener un horario regular
Obtener una cantidad óptima de sueño
Cuidar el ambiente en que se duerme
Regular las actividades
Hacer ejercicio físico
Evitar comidas copiosas antes de dormir
Evitar exceso de líquidos por la noche
Evitar sustancias estimulantes por la tarde/noche
Evitar el uso de alcohol
Evitar la nicotina

El ambiente del dormitorio debe favorecer el sueño al máximo posible. La temperatura, la humedad, la luz y el ruido deben mantenerse en niveles compatibles con el sueño. El dormitorio hay que usarlo sólo para dormir, evitando cualquier otra actividad como leer, ver la televisión y oír la radio, entre otras.
Antes de dormir conviene establecer una rutina. Para ello son recomendables actividades tranquilizadoras o relajantes durante al menos 15 a 30 minutos, evitando aquellas que puedan tener un efecto estimulante,  desde el ejercicio físico a la actividad intelectual intensa. Esto es particularmente recomendable  para adolescentes y jóvenes, que tienden a tener actividades que implican el uso de videojuegos, ordenador y a estudiar por la noche. Hay que recordar a adolescentes y jóvenes que trasnochar los fines de semana tiene un efecto perturbador sobre el sueño durante unos días.
El ejercicio físico, adecuado a la forma física de cada uno, practicado regularmente contribuye a mejorar el sueño. Sin embargo, conviene no hacerlo a una hora próxima a la de acostarse, dejando transcurrir al menos 4 ó 5 horas.
Es recomendable evitar comidas copiosas y líquidos en exceso antes de irse a dormir. Si se tiene hambre antes de la hora de acostarse conviene tomar un tentempié con hidratos de carbono. En caso de despertarse de noche conviene evitar comer para no establecer el hábito cada noche.
La cafeína y otras sustancias estimulantes (ya sea contenidas en bebidas, alimentos o medicamentos) deben evitarse.
El Sueño insuficiente frustra los esfuerzos por bajar de peso.
06 de octubre 2010 - La falta de sueño parece poner en peligro la eficacia de la dieta para perder peso, según un nuevo estudio publicado en el 05 de octubre de la revista Annals of Internal Medicine.
"Muchas personas tienen sobrepeso u obesidad, la dieta y la pérdida de peso inducida, es una estrategia ampliamente utilizada para reducir los riesgos de salud asociados con el exceso de adiposidad", escribe Arlet V. Nedeltcheva, MD, de la Universidad de Chicago, Illinois, y sus colegas. "Los cambios neuroendocrinos están relacionados con la reducción del sueño en la presencia de la restricción calórica, sin embargo, sugieren que la falta de suficiente sueño puede comprometer la eficacia de las intervenciones dietéticas de uso común en estas personas."
En este estudio, los autores examinaron si la " frencuente restricción de la hora de acostarse"  afectó la pérdida de peso cuando se está a dieta, como el aumento de hambre, y como aumentó la concentración de leptina y grelina en suero (sustancias que regulan el apetito y la saciedad). También examinaron los cambios en el cortisol circulante, epinefrina, norepinefrina, la tiroides, y las concentraciones de la hormona del crecimiento debido a la pérdida de sueño (hormonas que regulan el metabolismo y el estrés)
Se asignaron al azar 10 individuos en sobrepeso, adultos que no fumaban (3 mujeres, 7 hombres) con una edad media de 41 años y cuyo índice de masa corporal varió desde 25 hasta 32 kg / m 2 a 14 días de dieta y 8.5 horas de sueño durante la noche y luego a un período similar de la dieta y 5.5 horas de sueño nocturno.
En el estudio se analizó el sueño, y los sujetos involucrados eran sedentarios y pasaron sus horas de vigilia en casa haciendo trabajo de oficina o de ocio.
El estudio encontró que la reducción del sueño disminuye la proporción de peso perdido en forma de grasa en un 55%. Los sujetos que dormían 8,5 horas por noche perdió una media de 1,4 kg, y los que durmieron 5,5 horas por noche perdió una media de 0,6 kg (P = 0,043).
Además, la reducción del sueño incrementa la pérdida de masa corporal libre de grasa en un 60%. Los sujetos que dormían 8,5 horas por noche perdió una media de 1,5 kg, mientras que los que durmieron 5,5 horas perdió una media de 2,4 kg (P = 0,002).
El estudio también encontró que menos tiempo de sueño resultó en un aumento del hambre y las concentraciones en 24 horas de grelina, pero menor tasa metabólica en reposo y las concentraciones de plasma de 24 horas de adrenalina. Las concentraciones de leptina disminuye en paralelo con la pérdida de peso y adiposidad sin un efecto significativo independiente de la pérdida de sueño (p = 0,001) (o sea se modifica proporcionalmente con la disminución de la grasa corporal). Las limitaciones del estudio son su duración y tamaño de la muestra.
"Estos resultados resaltan la importancia de dormir lo suficiente para el mantenimiento de la masa corporal libre de grasa cuando están a dieta para perder peso", autor principal del estudio Plamen Penev, MD, PhD, de la Universidad de Chicago, dijo en un comunicado.
"Entre otros efectos hormonales, se encontró que la restricción del sueño provoca un aumento en los niveles de grelina en la sangre. Ghrelina es una hormona que se ha demostrado que reduce el gasto de energía, estimula la ingesta de alimentos y el hambre, promoviendo la retención de grasa y aumentando la producción de glucosa en el cuerpo. Esto podría explicar por qué aquellos participantes que redujeron sus horas de sueño también manifestaron sentir más hambre durante el estudio ", continuó.
En un editorial acompañante, Shahrad Taheri, MBBS, PhD de la Universidad de Birmingham, Reino Unido, y Emmanuel Mignot, MD, PhD, Centro de Medicina del Sueño de Stanford, Redwood City, California, acordaron en que dormir lo suficiente puede ser un factor importante en la pérdida de peso exitosa y sugieren que el sueño podría ser parte de un paquete de estilo de vida que se ha centrado tradicionalmente en la dieta y el ejercicio.
Sin embargo, señalan que el estudio incluye sólo 10 individuos sanos y que sus resultados no pueden generalizarse a otras personas con condiciones de comorbilidad. Además, los estudios de laboratorio del sueño no son aplicables a la vida real, donde muchos otros factores pueden influir en la capacidad de una persona a permanecer en una dieta. Dr. Taheri y el Dr. Mignot la conclusión de que replicar los hallazgos de este estudio en los ensayos clínicos es "un próximo paso crítico en el tratamiento de cuestiones importantes sobre el peso del sueño y el cuerpo."
The study was funded by the National Institutes of Health.
Ann Intern Med. 2010;153:435-441, 475-476.
SUEÑO Y CALIDAD DE VIDA 1
Sleep and Quality of Life
Elena Miró,1 María del Carmen Cano-Lozano,2 Gualberto Buela-Casal1
1 Universidad de Granada, España
2 Universidad de Jaén, España
Revista Colombiana de Psicología,
2005, No. 14, 11-27
Uno de los factores que más contribuyen a alcanzar este estado de bienestar físico y psicológico es el sueño. El sueño es una función biológica fundamental—baste sólo recordar que pasamos durmiendo aproximadamente un tercio de nuestra existencia. El sueño es esencial en nuestras vidas y no sólo por la cantidad de tiempo que dedicamos a dormir sino también por la significación que atribuimos a una noche de descanso y el efecto que el sueño tiene en nuestra salud. La investigación actual muestra cada vez con mayor fuerza empírica que existe una estrecha interrelación entre los procesos de sueño y el estado general de salud física y psicológica de una persona. Son bien conocidas las graves consecuencias físicas y psicosociales de trastornos del sueño como el insomnio o la apnea (Roth & Ancoli-Israel, 1999). Asimismo, es muy frecuente la presencia de problemas del sueño en diversas afecciones médicas y trastornos psicopatológicos (Benca, Obermeyer, Thisted & Gillin, 1992).
Podemos hablar de tres tipos de patrones de sueño: patrón de sueño corto, patrón de sueño largo y patrón de sueño intermedio, respectivamente. A éstos puede añadirse un cuarto grupo de sujetos con patrón de sueño variable, que se caracterizaría por la inconsistencia de sus hábitos de sueño. La razón de estas diferencias individuales en duración del sueño es desconocida. Independientemente de la cantidad de sueño, los sujetos pueden clasificarse en patrones de sueño que se diferencian principalmente por la calidad del dormir. De esta manera, hablamos de personas con patrón de sueño eficiente o de buena calidad y de personas con sueño no eficiente o de pobre calidad.
Finalmente, existen también diferencias entre las personas en la tendencia circadiana del ciclo sueño-vigilia. Desde este punto de vista, se establece una distinción entre los sujetos matutinos, que son aquellos que tienden a levantarse y a acostarse temprano, y los individuos vespertinos, que son los que tienen tendencia a levantarse y acostarse tarde (Buela-Casal & Caballo, 1991). Los momentos de máxima alerta y ejecución de estos grupos se producen durante la mañana para los matutinos y durante la tarde-noche para los vespertinos.
Cáncer y sueño
Algunos estudios han relacionado la duración del sueño con la longevidad. En el estudio pionero de Kripke, Simons, Garfinkel y Hammond (1979), recientemente reevaluado por Kripke, Garfinkel, Wingard, Klauber y Marter (2002), la Sociedad Americana de Oncología recopiló datos sobre los hábitos de salud de más de un millón de estadounidenses a lo largo de un período de seis años. El objetivo del estudio era establecer factores de riesgo de cáncer y no se exploraba especialmente el sueño, aunque se preguntaba por los hábitos de sueño y por casualidad se evidenció una relación sorprendente. Los menores riesgos de mortalidad, tras controlar una amplia gama de variables, los obtienen las personas que duermen 7-8 horas. Dormir menos de 4 horas o más de 8 horas, aumenta el riesgo de muerte temprana. De hecho, dormir mucho más de 8 horas por noche es un factor de riesgo de cáncer, cardiopatías y accidentes cerebrovasculares. No se sabe si el cáncer, los problemas cardíacos u otras enfermedades modifican los patrones de sueño o si la cantidad de sueño anormal es la que genera la patología.
Figura 1.
 Figura 1.
Tasas de mortalidad en función de la duración del
sueño individual en el estudio de seguimiento de
Kripke y cols. (1979) (tomada de Miró, Iáñez &
Cano, 2002).

Kojima y cols. (2000) han analizado también la relación entre mortalidad y sueño, teniendo en cuenta no sólo la duración del sueño sino también la calidad del sueño. En los varones que tenían un patrón de sueño corto, frente a aquellos que dormían un promedio de 7-8 horas, se evidenciaba un incremento en el riesgo de mortalidad. Este riesgo de mortalidad incrementado permaneció después de controlar la historia médica actual y anterior, el uso de hipnóticos y los hábitos de fumar o beber.
Otros estudios más recientes han informado también de que la desviación del patrón de sueño intermedio, y en especial la pertenencia a un patrón de sueño muy corto, se asocia a un riesgo incrementado de desarrollar diabetes en un estudio longitudinal de 10 años (Ayas, White, Al-Delaimy y cols., 2003).
Los sujetos que practican más hábitos saludables, entre los que destaca dormir 7-8 horas cada noche, presentan mejor estado de salud. Además, observan que los sujetos con artritis o problemas cardíacos duermen un menor número de horas.
La cantidad de sueño no sólo se ha relacionado con la salud física sino también con diversas medidas de bienestar psicológico. El mayor bienestar psicológico lo obtienen los sujetos que duermen entre 7-8 horas. Por ejemplo, en el estudio de Duncan, Bomar, Nicholson y Wilson (1995) el ejercicio moderado y los hábitos regulares de sueño (7-8 horas) eran predictores de mejor salud mental en una muestra de 490 universitarios. Una duración insuficiente del sueño se ha relacionado con un mayor riesgo de sufrir depresión, ansiedad, o un problema de abuso de drogas, alcohol o nicotina (Breslau, Roth, Rosenthal & Andreski, 1997).
También se encontró mayor riesgo de: depresión mayor, problemas de ansiedad y trastornos relacionados con el abuso de sustancias.
Por otra parte, es más probable que tanto los sujetos con patrón de sueño corto como con patrón de sueño largo tengan quejas de somnolencia diurna. La somnolencia por sí misma se ha asociado a bajo estatus funcional, pobre calidad de vida, aumentada tasa de accidentabilidad (Newman y cols., 2000; Ohayon, Caulet, Philip y cols., 1997) y bajo rendimiento académico en adolescentes (Reid, Maldonado & Baker, 2002).
Por ejemplo, si se analiza el número de consultas médicas en un año resulta que un 76.3% de los sujetos que padecen somnolencia severa, un 67.9% de los que padecen somnolencia moderada y un 58.7% de los que apenas se quejan de somnolencia, habían demandado atención médica el año previo (Ohayon y cols., 1997).
Tabla 1
Algunas Consecuencias a nivel de Salud Física y Psicológica Asociadas al Padecimiento de Somnolencia
Severa y Moderada (Datos del Estudio de Ohayon y cols., 1997)


Consultas médicas en un año
Hospitalizaciones y/o tratamientos
Trastornos depresivos
Trastornos ansiedad
Accidentes tráfico o maquinaria
Somnolencia
Severa
76.3%
20.2%
17.4%
19.4%
9.3%
Somnolencia
Moderada
67.9%
15.6%
8.7%
9.6%
        3.4%
.
Una siesta de corta duración (p. ej., unos 30 min.) generalmente mejora la ejecución y los sentimientos subjetivos de bienestar en los jóvenes (Pilcher & Huffcutt, 1996) e incluso, por ejemplo, reduce en un 30% el riesgo coronario y los problemas de hipertensión en ancianos (Asplund, 1996). En cambio, el tomar siestas frecuentes y largas se ha asociado a pobre salud (p. ej., presentar enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes, etc.; Bazargan, 1996), síntomas depresivos, empeoramiento funcional, sobrepeso, déficit cognitivos y mayor mortalidad total (Gyawali, Bursztyn, Ginsberg & Stessman, 2000).

SI VA A TOMAR UNA SIESTA QUE SEA DE CORTA DURACIÓN.

Calidad del Sueño

Encuentran que una alta calidad de sueño era el mejor predictor de un buen estado de ánimo y pocos síntomas mentales y físicos al día siguiente. Además, dormirse temprano predecía mejor el estado de ánimo y la experiencia social al día siguiente que la propia duración del sueño. Finalmente, la presencia de síntomas físicos de algún tipo eran secundarios a tardar más en irse a dormir o conciliar el sueño, y a más despertares nocturnos.

Diversos estudios concluyeron que: las personas necesitan unas 8 horas de sueño diario para evitar que sus procesos vitales se aceleren y se produzca un envejecimiento prematuro.


Además, la privación de sueño parece ser inmunosupresora (Benca & Quintans, 1997).
De hecho, si la privación de sueño se prolonga indefinidamente, como se ha hecho en algunos experimentos con animales, la muerte sobreviene en torno a los 21 días (Rechtschaffen & Bergmann, 1995).

Trabajo Nocturno o con Turnos Rotatorios
Los seres humanos, al igual que otros seres vivos, poseen un reloj corporal interno situado en el  núcleo supraquiasmático del hipotálamo que regula sus ritmos corporales, incluido el ritmo de sueño-vigilia. El período habitual de la mayoría de estos ritmos es cercanoa 24 horas (circadiano) y está preparado para sincronizarse con el ritmo ambiental diario de luz-oscuridad, en concreto, para estar activos y despiertos de día y para dormir y descansar de noche, coincidiendo con el descenso de la temperatura corporal que comienza a última hora del día. Cuando se trabaja de noche o en turnos rotativos de trabajo, el sistema circadiano es incapaz de adaptarse rápidamente al nuevo horario y surge una desincronía entre el ritmo de los sistemas fisiológicos internos y las exigencias horarias externas. Dicha desincronía, junto a la falta de sueño que suele asociarse a estas condiciones laborales, es responsable de los problemas de salud que se encuentran en este tipo de trabajadores.
Muchas investigaciones han señalado que el trabajo nocturno y a turnos tiene importantes efectos perjudiciales en términos de mala salud, pobre calidad de vida y deterioro social (Garbarino y cols., 2002; Khaleque, 1999; Knutsson, 1989; Oginska, Pokorski & Oginska,
1993)
Recientemente, se ha demostrado que la falta de sueño que se asocia al trabajo por turnos  rápido puede generar importantes elevaciones del cortisol en sangre, lo que es un potente
indicador de haber estado estresado durante bastante tiempo (Lac & Chamoux, 2003).

Tabla 2
Impacto en la Calidad de Vida del Trabajo por Turnos y del Trabajo Nocturno





Problemas de salud asociados con la irre- gularidad del período de trabajo y descanso
- Problemas digestivos (úlcera péptica, gastritis, etc.)
- Problemas cardíacos coronarios
- Obesidad
- Envejecimiento prematuro
- Trastornos inmunológicos
- Problemas reproductivos
- Trastornos psicológicos


Alteración de los hábitos de alimentación

- Cambios en la cantidad, calidad y horarios de las comidas
- Consumo  aumentado de café, tabaco, estimulantes, alcohol e hipnóticos


Problemas de sueño
- Desincronía circadiana
- Deuda crónica de sueño
- Mayor incidencia de insomnio, apnea, mioclonías, etc.


Problemas de rendimiento  laboral

- Tasas s altas de accidentabilidad
- Disminución de la calidad de la ejecución
- Absentismo laboral

Interferencia con la vida familiar y social

- Impacto negativo en la crianza de los hijos, la vida de pareja, las relaciones sociales, etc.

Estos trabajadores tienen un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, problemas digestivos, obesidad, trastornos psicológicos, inmunológicos, fatiga crónica, etc. Una revisión reciente indica que los problemas de salud que más se relacionan con el trabajo nocturno o a turnos son la úlcera péptica, las enfermedades cardíacas coronarias y la disminución de la fecundidad en las mujeres (Knutsson, 2003).

Trastornos del Sueño

El más frecuente es el insomnio. Los sujetos con insomnio sufren de mayor deterioro funcional, pérdida de productividad y un exceso de utilización de los distintos servicios de salud (Kales y cols., 1984; Kryger y cols., 2004), y tienen problemas de atención y concentración, deterioros
de la memoria y menos habilidad para efectuar algunas tareas diarias y relacionarse a nivel interpersonal (Roth
 & Ancoli-Israel, 1999). Los insomnes cuentan con una probabilidad el doble de alta que los que no sufren insomnio de padecer accidentes de tráfico (Morin, Mimeault & Gagne, 1999). Además, un 75% de las personas con trastornos del ciclo sueño-vigilia tienen síntomas de ansiedad o depresión y más de un 50% de los pacientes con quejas persistentes de sueño padecen un trastorno psicológico (Breslau y cols., 1997).



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